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Bye bye Lola.

La idea inicial era ir juntos desde Nueva Zelanda hasta Indonesia, pero una serie de contratiempos se han ido comiendo el calendario y finalmente nos hemos despedido en Cairns. En el mar hay que irse adaptando a las circunstancias y los cambios de planes están a la orden del día. No problem, quejarse sería inmoral, que nos quiten lo bailado. Hemos compartido casi tres mil millas de navegación a vela a través del Pacífico, desde Nueva Zelanda hasta Nueva Caledonia, recalando en varias islas del archipiélago de Vanuatu para poner luego rumbo a Australia a través del Mar del Coral y terminar nuestro periplo atravesando la Great Barrier Reef hasta la ciudad de Cairns. No se puede pedir más. Una experiencia padre e hija fuera de lo común, cargada de emociones y vivencias que recordaremos para siempre. Bye bye Lola, Thor y The Captain te echan de menos.

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Alone, again, naturally.

Thor navega rumbo norte entre la costa de Queensland y la gran barrera de coral, para doblar el Estrecho de Torres y adentrarse en el Océano Indico. Esta ruta es un espectáculo casi contínuo. Ballenas saltando fuera del agua, delfines, pequeñas islas habitadas por pelícanos gigantescos que agrupados en las playas y contemplados a distancia con los prismáticos parecen reuniones de ancianos abandonados a su suerte. Cormoranes, petreles y gaviotas precipitándose sobre grandes bancos de peces que hierven sobre la superficie de las olas. Fondeos en lugares solitarios, frente a frondosos bosques y playas desiertas bañadas por aguas de un color azul turquesa casi ácido.

Vuelvo a navegar en solitario, sensaciones intensas y comunión con la naturaleza. Las puestas de sol son aquí un capítulo a parte, no escatiman en gastos, la casa por la ventana cada tarde, aunque sólo haya un humilde espectador para contemplarlas. Es un derroche de colores matices, texturas transformándose alrededor de un sol pletórico e inmenso que dice adiós poniendo toda la carne en el asador, no hay orquesta pero se oyen perfectamente los violines. Es tan grande el espectáculo que uno tiene la sensación de que es la última, de que esta vez se despide para siempre.

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Fondear frente a un cocodrilo.

Ahí está como cada tarde. Inmóvil, sobre la arena de la playa, a un metro de la orilla. Hoy lo hace con la boca abierta, luciendo sus poderosas mandíbulas pobladas de dientes espantosos. Juraría que está tomando medidas. Tendrá unos 5 metros de largo. Lo repaso con todo detalle a través de los prismáticos desde la cubierta de Thor, fondeado a 80 metros de distancia. Lo que me impresiona sobretodo es el tamaño de su cola que deja entrever que con un latigazo puede lanzarse sobre su presa en una fracción de segundo con una fuerza descomunal.

He intentado acercarme varias veces con el dingui para fotografiarlo mejor, pero confieso que a partir de un punto me da cierto yuyu seguir adelante porque aquí la profundidad pasa de 8 metros a 30 cm de golpe y si me quedo clavado en estos 30 cms, entro en modo fast food. Además tengamos en cuenta que el dingui es de goma y si el cocodrilo se entera he bebido aceite.

Me acerco despacito, remando. El motor en marcha al ralentí por si he de salir por patas. Llámame cobarde. No es el único cocodrilo que hay aquí, al menos tengo a otro controlado, quizás algo más pequeño pero con la misma cara de mala leche, así que no debo despistarme ni un momento. Fotografiando a uno, el otro podría venir nadando por detrás y arruinarme la tarde. Y si hay dos puede haber cincuenta. Y es que esta es la pega que tienen los cocodrilos. Aquí también está lleno de tiburones, pero sabes que del agua no salen, así que no te bañas y listos. Sin embargo a estas criaturas te las puedes encontrar en forma de sombra siniestra, nadando a ras de agua tras la estela de tu fueraborda, o confundiéndose con un tronco, en la playa inmóviles, esperando a que desembarques alegremente con tu cubo y tu pala y te pongas a hacer castillos de arena.

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Esto es Horn Island, en pleno Estrecho de Torres. Aquí se juntan el Mar del Coral con el Mar de Arafura, transiciones del Océano Pacífico y del Indico.

Puedo afirmar sin titubeos, que he llegado aquí dramáticamente, derrapando. Lo explicaré más adelante, en otro post, porque merece capítulo aparte. Había previsto parar dos días para descansar en mi ruta hacia Indonesia, pero ya llevo 20 a causa de una avería en el piloto automático, y todavía tengo para rato hasta que me lleguen unas piezas de recambio desde el otro lado del mundo.  

Este lugar es remoto y salvaje. Tiene un punto fascinante pero también inhóspito debido al azote constante de los vientos alisios, reforzados a su paso por el estrecho. Seis Kilómetros de ancho por ocho de largo. Un muelle, una calle asfaltada, una tienda de comestibles, cuatro casas y un pequeño aeródromo. Ha este inventario podemos añadirle ahora un velero llamado Thor y un navegante solitario desconcertado a bordo. El entorno, playas inaccesibles bañadas por aguas de un azul turquesa nunca visto, casi fosforescente. Inaccesibles las playas y prohibido meterse en el agua, porque como en toda la región de Queensland, los cocodrilos y los tiburones como ya he referido antes, son aquí los reyes del mambo.

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La situación me preocupa. Mi radio de acción es muy limitado y me obliga a estar largas horas en el barco. A causa de los últimos acontecimientos, mi estado de ánimo no es ahora mismo el más adecuado para enfrentarse a un mes de inactividad atrapado en un lugar como este. Parece que Thor acusa las 17 mil millas que lleva andadas en este viaje y durante la estancia en Cairns se han ido encadenando un sinfín averías y problemas técnicos, algunos complicados de resolver, con el consiguiente desgaste emocional y provocando que afloren algunas aprensiones muy poco saludables. La última avería llegando aquí con el piloto automático y la despedida de mi hija en Cairns, también suman y por primera vez desde que zarpé de Barcelona debo reconocer que la sombra de la soledad me acecha. El concepto “aislado” está adquiriendo en este lugar toda su dimensión.

Pero no hay tiempo para lloriqueos ni lamentaciones, son gajes del oficio y toca espabilar para lidiar con las circunstancias. Soy consciente de que debo evitar a toda costa caer en la desidia. Así que he tomado cartas en el asunto antes de que la situación se vaya al carajo diseñando una estrategia de autoayuda que me aporte el ánimo y el autocontrol que necesito. La he denominado operación: “Salvar al soldado Ryan”

El plan consiste en aprovechar esta tesitura de exasperante tranquilidad extrema, para hacer un viaje introspectivo a través de mi yo profundo. Convertir la estancia aquí en un retiro espiritual. Me parece una idea, y perdonad la falta de modestia, sencillamente brillante. Las circunstancias son ideales. Hay gente que pagaría para realizarse en un escenario tan jodido como este, así que poca broma.

Para empezar, he duplicado mis sesiones de yoga y he decidido entregarme en cuerpo y alma a lecturas sobre el Budismo, la filosofía Zen y el Taoísmo durante varias horas al día. Se trata de no tener ni un minuto libre, cultivar el espíritu con un chute de sabiduría oriental, ocupando la mente con temas profundos que me absorban por completo y que la cruda realidad asome lo menos posible. Y de paso a ver si aprendo algo.

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He forrado el interior de la cabina de Thor, ahora “mi santuario” de cartelas con frases orientativas y motivadoras, una de las cuales es directamente una orden casi militar, que apunta a la actitud que debo tomar a partir de este momento y que reza así: “¡Disciplina!” En un principio, decía “¡Disciplina o muerte!” pero teniendo en cuenta que mi vecino es un cocodrilo he quitado la palabra muerte porque me ha parecido que daba mal Karma. También he elaborado un horario de tareas que no dejan un minuto libre y que procuro cumplir a rajatabla.

Alguna de estas tareas no deja de ser curiosa, como por ejemplo, la que me obliga a poner la música a tope y bailar como mínimo durante cinco minutos cada día. Reconozco que hay días que lo hago a regañadientes y debo arrastrarme por la oreja hasta la pista de baile, pero los beneficios terapéuticos son inmediatos. Alguien dijo muy acertadamente que bailar y estar decaído al mismo tiempo es imposible, y el mismísimo Nietzsche apuntó sobre el tema aquello tan sugerente que dice así:

Deberíamos considerar perdidos los días en que no hemos bailado al menos una vez”. Ahí lo dejo.

Aquí no hay prácticamente nadie con quien hablar, así que también debo leer en voz alta durante dos horas al día para que no se atrofien mis cuerdas vocales por falta de uso. Esto lo vengo ejercitando desde que en mi primer cruce del atlántico en solitario, estuve veinte días sin hablar y cuando llegué y pronuncié las primeras palabras no era yo, era Dorys Day. La virilidad de mi voz se había perdido en el Océano.

Con todo y esto, reconozcamos que la situación es bien peculiar y no puedo evitar ciertas comidas de coco y preguntarme que narices estoy haciendo aquí completamente aislado de la civilización fondeado frente a un animal prehistórico. Intento buscar algún significado, hallar alguna pista, extraer algún aprendizaje. Esto no puede ser fortuito.

Lo cierto es que a medida que pasan los días, el tema de mi vecino va adquiriendo un protagonismo desmesurado y lo que empieza como una curiosidad pasa a ser fascinación para dar lugar después a la obsesión. Las tardes se convierten en una especie de ritual, casi místico, donde nos encontramos los dos contemplándonos cara a cara, el en su pequeña isla, yo en mi pequeño velero, inmóviles y silenciosos, absortos, suspendidos en otra dimensión durante horas hasta que el sol, aquí gigantesco, se mete en el agua y la playa desaparece llevándose consigo a este animal salvaje hasta el día siguiente.

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Pero lo más inquietante, es que ahora también ha empezado a irrumpir en mis meditaciones. Hoy sin ir más lejos, ha aparecido y no venía solo, lo ha hecho con otros doce cocodrilos, como si fuesen sus doce apóstoles. Han entrado en tromba, escandalosamente, revueltos y pisándose los unos a los otros.

En un acto reflejo he logrado que se vayan por donde han venido, mi mente está algo entrenada para ello, pero el mío, mi vecino, se ha quedado atascado en la parte derecha según me miras de frente y ha sido imposible quitármelo de la cabeza.

Ha llegado un momento, que incluso he creído poder continuar concentrado en la respiración meditando y dejando ahí al cocodrilo sin prestarle atención. Sin embargo esto ha sido del todo imposible. Entonces he decidido cambiar de técnica y aplicar la atención plena tomándolo como objeto, es decir, concentrándome en él.

Esto ha sido una temeridad, jugar con fuego, porque me ha llevado a sufrir una especie de paranoia existencial; he vivido una auténtica epifanía, una revelación que si bien ahora me parece completamente absurda, me ha tenido durante un buen rato creyendo ciegamente que él también estaba meditando, su actitud lo justificaba, y entonces he notado que todo cuadraba, que todo empezaba a tener sentido y que siendo yo el elegido mi misión en esta isla no era otra que la de comunicarme telepáticamente con esta bestia parda.

Afortunadamente, cuando ya estaba convencido de que semejante criatura iba a revelarme la verdadera naturaleza de las cosas, una violenta racha de viento se ha colado en el fondeo y ha zarandeado a Thor y a todo lo que había en el santuario incluido mi propio yo. El encantamiento se ha roto y me he dado con la realidad en las narices. Un auténtico despertar.

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Este acontecimiento ha provocado que empiece a dudar de la eficacia de mi estrategia basada en lo espiritual. Se suponía que era de autoayuda y ahora meditar me da miedo. Quizás hubiese sido mejor no ser tan ambicioso, hacer menos planes estratégicos, pasar un huevo de la disciplina, olvidarme de salvar al soldado Ryan y dejarme arrastrar por la desidia sin ofrecer resistencia.

Pero me temo que ya es tarde. Ese ímpetu que me caracteriza y mi afán desmesurado por el saber han ido demasiado lejos y ahora hierven en mi cabeza conceptos metafísicos con lagartijas gigantes. Un coctel explosivo que ya veremos en que acaba, pero si tenemos en cuenta que hoy he estado durante varios minutos pretendiendo comunicarme con un miserable reptil, no quiero ni pensar lo que el futuro me depara en esta maldita isla.

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