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Tormentas o piratas.

Estoy en la cabina de Thor con la mirada puesta sobre una gran carta náutica desplegada sobre la mesa. Un cóctel de sensaciones ahora mismo hierve en mi cabeza. La motivación de un nuevo desafío y las ganas de aventura se mezclan con las incertidumbres y las aprensiones de rigor. 

Después de haber navegado los archipiélagos de Marquesas, Tuamotu, Societé y Tonga, Panamá ya queda a 7000 millas por la popa y todavía faltan por recorrer otras 2000 millas para superar el Pacífico. En una semana aproximadamente, zarparé de Nueva Zelanda rumbo a Nueva Caledonia y después al archipiélago de Vanuatu, a unos diez días rumbo noroeste. 

En junio espero dejar definitivamente la Polinesia para adentrarme en el mar del Coral y cruzar el estrecho de Torres por el norte de Australia, dejando Papúa Nueva Guinea por estribor para entrar en el mar de Arafura, puerta de Indonesia.

Mientras estudio concienzudamente la carta, y para hacer el momento más memorable, voy dando cuenta de uno de mis platos predilectos: espaguetis con ajo y aceite de oliva puro extra y Virgen Santa. 

Un peculiar estado de embriaguez provocado básicamente por la sobredosis de ajo que le he metido a la pasta, se suma a la propia excitación que suscita siempre este momento. Estudio las corrientes, los vientos, la fechas y las zonas afectadas por los ciclones así como los míticos monzones de Asia navegados mil veces en mi imaginario, a través de los libros que narran la trascendencia de estos vientos en la historia de la navegación a vela.

Y es qué, sin bien aún queda un buen trozo del Pacífico por recorrer, en mi cabeza ya se ha instalado desde hace tiempo el tercer océano: el océano Índico. Y con él, un gran dilema: por dónde lo cruzo, por el Norte o por el Sur; Cape Town o Red Sea. La primera ruta es famosa por las tormentas que azotan la costa de Sudáfrica, la segunda, por los piratas que te azotan en el Golfo de Adén.

En cualquier caso, tengo hasta finales de agosto, para seguir recopilando información sobre estas dos atractivas rutas y decidir por cual de ellas prefiero que me crujan.

Por ahora, paso a relatar algunas de las anécdotas que se han ido sucediendo desde mi percance en Kauehi (léase la hostia contra un arrecife de coral publicada en el post anterior).

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De Tahití a Tonga

Esta ha sido una de las travesías más espectaculares en lo que va de viaje. He tenido 3 días de vientos muy flojos, y otros 7 de castaña. Aquí los alisios ya no son tan estables y hay que andar con ojo porque te puedes encontrar con algún marrón importante.

El día 20 se septiembre escribía en el cuaderno de bitácora:

Acabo de sobrepasar las Cook dejándolas por babor. En 3 días creo que ya podré arrumbar al sur de Niue y de allí a Tonga. En total creo que serán nueve días para cubrir 1400 millas. Buen ritmo. 

Ha sido un acierto desviarme hacia el norte a pesar de tener que navegar 400 millas de más, para esquivar los fuertes vientos que pronosticaba el parte por el rumbo directo. Aún así, hace dos días que el viento no baja de fuerza 7 y las olas son espectaculares. No quiero ni pensar lo que hubiera sido por la ruta directa. Navego a un largo amurado a estribor con trinqueta y dos rizos en la mayor. Thor va como una moto. Equilibrado, estable y veloz. Va tan bien que no me atrevo a tocar nada, no sea que la lie. Cruzo los dedos para que no se formen chubascos y la fiesta se desmadre. Por cierto, última singladura: 198 millas… grande Thor.

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Vava’u

Thor llega de noche; para variar. Acaban de cruzarse dos ballenas por el costado de babor. Apenas a unos 10 metros de distancia. Majestuosas, enormes, tranquilas. El resoplido de una de ellas ha pillado desprevenido al capitán que ha pegado un bote. No es la primera vez que ocurre. Las contemplo emocionado. Mejor recibimiento imposible. Estas aguas son famosas por la cantidad de ballenas que pueden avistarse prácticamente tocando a la costa.

Hay un paso que parece bastante holgado para penetrar en la maraña de islas e islotes que forman lo que se conoce como Vava’u Island Group. Noche con luna y cielo despejado. Una vez estudiada bien la carta y marcado un track que rodea bajos y arrecifes hasta el lugar exacto donde debería fondear, Thor enfila la proa hacia el canal de entrada.

De pronto, me invaden las imágenes del percance acaecido en Kauehi por entrar de noche en una zona de arrecifes. Me asalta la duda. Pienso que quizás debería esperar a que amaneciera, haciendo bordos por aquí afuera. Es entonces, cuando  ese carácter optimista que tanto me caracteriza, compinchado con el chulito que llevo dentro, se amotinan y se hacen con el gobierno del barco. 

Diez minutos más tarde Thor ya navega entre islotes forrados de vegetación y arrecifes de coral, perdiéndose entre sombras y reflejos plateados por una especie de laberinto tropical iluminado por la luz de la luna.

El capitán, que ha conseguido recuperar el mando, contempla con fascinación la belleza de este espectáculo y no puede evitar sentirse embriagado repentinamente, por los intensos aromas y perfumes de las flores que envuelven este pequeño paraíso en medio del Pacífico. Eso le obliga a hacer un gran esfuerzo de contención para no sucumbir a las emociones porque sabe, a ciencia cierta, que si pierde la concentración en el track dibujado sobre la carta, podría tropezar de nuevo con la misma piedra.

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El Rey de Tonga

Estoy fondeado en la isla de Pangaimotu, frente a Nuku Alofa, la capital de Tonga. Hace días que he dejado Vava’u donde me he tirado alrededor un mes explorando sus islas.

Nuku Alofa no es bonito. En realidad de tan feo, es interesante. Estoy aquí porque es el único lugar del país donde puede aterrizar un avión. En un vuelo procedente de Australia tiene que llegar Paul. 

Paul es un apasionado del mar y de la navegación a vela. Tanto es así, que viene expresamente desde Mallorca para hacer la travesía de Tonga a Nueva Zelanda conmigo. Unas 1000 millas que esperamos cubrir en una semana aproximadamente. Este encuentro lo acordamos hace más de dos años antes de mi salida y, en contra de lo que suele ocurrir con estas cosas, parece que se va a cumplir.

Desde el Big Mama, el bar que hay al lado del fondeadero, observo la ciudad que se extiende frente a mi a 1 milla de distancia. Entre las humildes construcciones sobresale un edificio blanco impoluto rodeado de jardines de césped. Es el Palacio Real. Tecleo en el buscador: “Rey de Tonga”. Veo la foto de Tupov VI y pienso que esta es exactamente la imagen que uno espera encontrar cuando teclea “Rey de Tonga”. Un Rey con corona y capa de terciopelo, sentado sobre un trono dorado que parece diseñado por el mismísimo Jeff Koons.

Suena el móvil. Es Paul. Está en el aeropuerto de Sidney a punto de embarcar en el avión que lo traerá hasta aquí. Dice que acaba de comprar una botella de wiski para celebrarlo y que además trae un queso parmesano que promete ser bocato di cardinale. Chivas y parmesano. Empezamos bien. El nivel gastronómico de a bordo acaba de dispararse. Esto es un amigo y lo demás son tonterías. 

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Lola

Mi hija está en Nueva Zelanda conmigo. Ha decidido seguir estudiando su carrera universitaria vía online a bordo de Thor. Hay que entender que estudiar una carrera online desde Barcelona no tiene maldita gracia existiendo la posibilidad de estudiarla a bordo de un velero surcando el pacífico y el Índico. Para eso es una carrera online. Yo le he comentado que estoy tratando de dar la vuelta al mundo en solitario y que quizás debería haberme pedido permiso para embarcarse conmigo durante unos meses. Su respuesta ha sido clara, precisa y muy contundente. No ha dejado un atisbo para el debate. – ¡Papá que soy tu hija! – Asunto concluido. 

 Brutus

Brutus come como una lima. Se acaba de hacer un bocadillo de lentejas, no es broma. Ha metido a presión las lentejas que sobraron de la cena de ayer entre dos rodajas de pan de pita y lo está devorando como si se acabase el mundo. 

Brutus es alemán. Tiene aspecto de hippie surfero. Ha venido con mi hija en calidad de novio. Hay claros indicios de que también va quedarse a bordo durante algún tiempo, aprovechando mi estancia en Nueva Zelanda. He de admitir que es majo. Lástima que coma tanto. 

En realidad no se llama Brutus, se llama Justus. Son estas cosas tan curiosas del subconsciente, que me traiciona cada vez y no puedo evitarlo, me sale Brutus. 

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Mi delgadez

Me miro al espejo y me llama la atención el tamaño de mis gafas. En un primer momento no entiendo como pude comprarme unas gafas tan grandes y como es que nadie me dijo nada al respecto. La familia, los amigos… Cómo es posible que nadie lo comentara. Me los imagino a todos dándose codazos descojonándose de risa a mis espaldas. Me siento ridículo y altamente traicionado.

Entonces me doy cuenta que en realidad es mi cara que ha menguado considerablemente.

Es decir, a mi desaliñado aspecto, comentado varias veces en este blog, hay que añadirle ahora una delgadez que empieza a ser preocupante. Hasta ahora venía afectándome desde el cuello hacia abajo, y más o menos lo podía ir disimulando. Camisetas grandes, pareos al viento, ocultarme tras un seto, etc. Pero ahora, la delgadez también se ha apoderado de mi careto y esto no hay quien lo disimule. Para colmo soy miope y necesito las gafas por mucho que se estén apoderando de mi chupado rostro.

La verdad es que no sé muy bien como solucionarlo. El problema de la delgadez es una especie de epidemia que ataca a todos los navegantes solitarios. Lo he comprobado. En aquellos veleros que viajan dos o más personas, es fácil ver barrigas generosas y caras de salud. Incluso se ven algunos seres que rozan la obesidad y lucen una expresión de felicidad crónica en el rostro, francamente envidiable. Además tienen la piel tersa. Sin embargo, cuando ves a un tipo hecho un pingo, con cara de náufrago, aspecto famélico, los músculos fibrados pero extremadamente delgados, marcándosele todos los huesos, el pelo (si aún lo conserva) hecho un estropajo y con los ojos inyectados en sangre, se trata, con toda seguridad, de un navegante solitario. 

Y no es que no comamos. Al contrario, por lo que he contrastado con otros colegas de mi misma condición, comemos todos como posesos. El problema es esta vida que llevamos. Y no es que me queje ahora de la vida que llevamos, en este sentido estoy muy satisfecho. Pero hay que reconocer que tanta actividad frenética y constante, lógicamente, acaba pasando factura. 

Tantos sobresaltos, tantas emociones sin compartir con nadie, tantas euforias y decepciones mezcladas. Por no hablar de las innumerables noches sin pegar ojo contemplando hipnotizados, cielos estrellados jamás imaginados o bien, pendientes de una maldita ancla que se ha puesto a garrear a las tres de la madrugada con arrecifes a sotavento.

Todo esto acaba chupándote hasta la última gota de sangre. Y por mucho que te hinches a espaguetis a la carbonara, por mucho que te pongas morado de frutos secos, patatas fritas de bolsa, huevos con bacon, o tazones de chocolate desecho con churros, es inútil, sigues perdiendo peso de manera alarmante. Tu organismo se ha convertido en una maquina infernal de quemar calorías.

Esto me lleva a pensar que si antaño fue el escorbuto la gran pesadilla de los marinos, ahora nuestra lacra, la del navegante solitario, es esta implacable delgadez que lentamente se va apoderando de nuestra frágil existencia. Por mi parte tengo claro que no voy a regalar nada; voy a vender cara la piel. Por mucho sacrificio que esto suponga, pienso seguir poniéndome las botas.

Thor cinco. Publicado en Auckland el 20 de abril de 2019.

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